El día 1001, Trump dejó claro que es aburrido comportarse como un presidente

Anna Moneymaker/The New York Times

DALLAS — En cierto momento durante uno de los días en que menos se ha comportado como los presidentes suelen hacerlo, Donald Trump insistió en que sabía cómo hacerlo.

“Es mucho más fácil actuar como acostumbran hacerlo los presidentes, es fácil”, dijo el jueves en la noche ante un estadio repleto, donde había más de 20.000 de sus bulliciosos partidarios con gorras y camisetas con la leyenda “Hagamos a Estados Unidos grandioso de nuevo” vitoreando cada una de sus palabras. “Todo lo que se tiene que hacer es actuar como un estirado”.

Se abotonó el saco, apretó los labios, ensanchó los hombros y dejó caer los brazos con rigidez a sus costados. “Damas y caballeros de Texas”, dijo con una voz monótona entrecortada y soporífera en la forma en que se imaginaba que lo habían hecho los otros 44 presidentes. “Es un gran honor estar aquí con ustedes esta noche”.

A la multitud le encantó y rugió a carcajadas. Retomando su ya bien conocida actitud de presidente estadounidense que no se comporta como tal, Trump añadió: “¡Y todos se irían de aquí muy rápido! ¡O ni siquiera habrían venido, en primer lugar!” Según sus palabras, es demasiado aburrido comportarse como presidente ¿Quién quiere que lo haga?

Tras mil días en el cargo, Trump ha redefinido lo que significa comportarse como presidente. El día 1001 de su mandato, que fue el jueves, todo simulacro de normalidad se fue por la borda. Fue un día en que presumió haber salvado “millones de vidas” al detener de manera temporal una guerra en Medio Oriente que, de hecho, él dejó que comenzara en primera instancia, y luego comparó a los combatientes con niños a quienes se debe permitir agarrarse a golpes para que se desahoguen.

Fue un día en que anunció sin ningún asomo de vergüenza que funcionarios del gobierno federal a su cargo habían recorrido el país a fin de encontrar un lugar para la próxima reunión cumbre del Grupo de los 7 y habían decidido que el lugar perfecto, el mejor de todo Estados Unidos, era un desarrollo turístico de su propiedad en Florida.

Fue un día en que envió a su colaborador principal, un asesor que ha fungido como jefe de Gabinete “interino” de la Casa Blanca durante casi diez meses sin que nunca haya tenido la consideración de otorgarle el título de manera oficial, a que intentara aplacar todo el furor del juicio político, solo para que admitiera en esencia el quid pro quo (dando y dando) que el presidente había negado tan rotundamente.

Fue un día que terminó con un mitin en el que, en una de las presentaciones de apertura, el vicegobernador de Texas declaró que los liberales “no son nuestros opositores, sino nuestros enemigos” y, posteriormente, el presidente llamó “loca” a la presidenta de la Cámara de Representantes, “muy tonto” a un precandidato rival, “fraude” al presidente de un comité de la Cámara Baja y “chiflado” al gobernador de otro estado.

Después de mil días del espectáculo de Trump, la capacidad de asombro se ha reducido y ahora ya casi ni queda registro de comentarios y acciones que antes habrían derivado en varios días de cobertura en las primeras planas y alaridos en el Capitolio. Cualquier noticia impactante que consume a Twitter queda superada tres horas después por la siguiente, a tal velocidad que parece imposible digerir cada momento para evaluar lo que significa o sus consecuencias.

La expresión que el presidente empleó en repetidas ocasiones el jueves fue “poco convencional”.

La usó específicamente para describir su política de dejar que fueran a la guerra dos aliados de Estados Unidos, los turcos y los kurdos, seguida de un cese al fuego algunos días después. Todo como parte de un plan, aseguró a los estadounidenses. Solo un poco de “amor apache” para que ambas partes resolvieran sus diferencias.

No importa que sus diferencias estén lejos de resolverse, mientras se acumulan cuerpos en el norte de Siria, ni que los kurdos se vean obligados a dejar sus hogares, ni que Rusia, Irán, Bashar al Asad e incluso el Estado Islámico estén celebrando.

Por fortuna para él, el negocio de su Trump National Doral, cerca de Miami, pronto tendrá una muy buena temporada cuando los dirigentes de Francia, Alemania, el Reino Unido, Canadá, Italia y Japón —y tal vez Rusia— vayan la próxima primavera a ese desarrollo turístico junto con miles de funcionarios, diplomáticos, periodistas y otras personas que asistirán a la reunión cumbre anual del G7.

Trump dejó que su personal anunciara la elección, como si hubiera sido una decisión independiente, y ellos insistieron en que en realidad él no ganaría dinero porque ofrecería el alojamiento “al costo”. No importó el hecho de que esto pueda hacer parecer a Estados Unidos similar a todos esos países a los que solía sermonear por realizar transacciones para beneficio de particulares. El presidente sabía que sería controvertido, señaló su colaborador principal, y con determinación siguió adelante de todas formas sin importar las críticas previstas, como si fuera un acto de valentía política.

Por ahora, las nociones de qué es comportarse como presidente y qué es poco convencional han tomado un nuevo significado y desde hace mucho tiempo se han distanciado de lo que representaban anteriormente. El día 1001 de su presidencia, Trump volvió a atacar con reglas nuevas para él y para el país.

Si el mundo exterior tenía la impresión de que su presidencia estaba desmoronándose y que él mismo estaba derrumbándose, como dijo esta semana la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, para Trump fue nada más otro día en su batalla interminable con las convenciones.

Desde luego, el narrador principal de la batalla sigue siendo su principal protagonista. El jueves en la noche, en el Centro de American Airlines, una vez más, Trump revivió la noche de la jornada electoral de 2016, quizá el momento culminante de su vida política, calificándolo como un momento de milagros para él y para el país, antes de los escándalos, del fiscal especial y del proceso de juicio político.

Durante una hora con 27 minutos, describió todos sus triunfos: contra Ted Cruz, Hillary Clinton, China, las “noticias falsas”, la “izquierda radical”, y habló de sus hazañas más grandiosas adornadas con suficientes mentiras como para mantener ocupados durante varios días a quienes se encargan de verificar los hechos. Disfrutó los aplausos sin ninguna prisa de regresar a Washington, donde lo esperaban los investigadores y sus enemigos.

Ya ha estado haciendo esto durante 1001 días. Todavía no se sabe si durará otros mil días o incluso más. Pero su presidencia, tan fuera de lo común y poco convencional, tiene todo su sello. “He sido político durante tres años”, exclamó. “No puedo creerlo”.

Al menos en eso, no estaba solo.

 c.2019 The New York Times Company

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