Cómo entender la autolesión

Kayana Szymczak/The New York Times

Las emociones surgieron desde algún lugar en el interior, como veneno que pasa a través de una jeringa: una mezcla de tristeza, ansiedad y vergüenza que abrumaría a cualquiera, en especial a una adolescente.

“Tenía un palo de paleta, le saqué una punta afilada y me arañé”, comentó hace poco Joan, una estudiante de preparatoria en la ciudad de Nueva York; solicitó que omitiéramos su apellido por razones de privacidad. “Ni siquiera estoy segura de dónde surgió la idea. Solo sabía que era algo que la gente hacía. Recuerdo haber llorado mucho y pensar: ‘¿Por qué lo hice?’. Estaba un tanto asustada de mí misma”.

Cuando se disipó la nube de angustia, se sintió desahogada y comenzó a cortarse de forma habitual, al principio con un cuchillo y después con navajas de afeitar, las muñecas, los antebrazos y con el tiempo gran parte del cuerpo. “Solía dedicar entre cinco y quince minutos a cortarme”, dijo, “y después ya no experimentaba ese terrible sentimiento. Podía continuar con mi día”.

La autolesión, en particular entre mujeres adolescentes, se ha vuelto tan común en tan poco tiempo que los investigadores y terapeutas tienen problemas para llevar el ritmo. Aproximadamente uno de cada cinco adolescentes reporta haberse autolesionado para aliviar dolor emocional al menos en una ocasión, de acuerdo con un análisis de más de treinta encuestas en casi una docena de países, incluyendo Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido. Los estudios sugieren que autolesionarse habitualmente, a lo largo del tiempo, es un factor que predice un riesgo de suicidio más elevado.

No obstante, hay muy pocos centros de investigación dedicados a las autolesiones y aún menos clínicas especializadas en el tratamiento. Cuando los jóvenes que se autolesionan buscan ayuda, con frecuencia se encuentran con reacciones de alarma, falta de comprensión y exageración. Los aparentes niveles epidémicos de la conducta han revelado una debilidad estructural de la atención psiquiátrica: puesto que la autolesión es considerada un “síntoma” y no un diagnóstico independiente como la depresión, la prueba de los tratamientos ha sido aleatoria y los terapeutas tienen poca evidencia que puedan aprovechar.

En los últimos años, los investigadores psiquiátricos han comenzado a relacionar los motivos, la biología subyacente y los desencadenantes sociales de las autolesiones. Hasta aquí, la historia les da a los padres (decenas de millones en todo el mundo) cierto entendimiento de lo que sucede cuando ven a un chico con cicatrices o quemaduras. Eso permite la evaluación de tratamientos personalizados: en un ensayo publicado recientemente, unos investigadores de Nueva York descubrieron que las autolesiones pueden reducirse con un tipo especializado de terapia conversacional que se inventó para tratar lo que se conoce como trastorno límite de la personalidad.

“Solía suceder que este tipo de conducta se restringía a personas con afectaciones muy graves, con un historial de abuso sexual, con un aislamiento corporal grave”, comentó Barent Walsh, un psicólogo que fue uno de los primeros terapeutas en concentrarse en la autolesión, en el programa Bridge en Marlborough, Massachussets, que ahora es parte de Open Sky Community Services. “Luego, de pronto, se transformó y alcanzó a la población general hasta el punto en el que afectó a jóvenes exitosos con dinero. Entonces comenzaron a fluir los recursos para investigación”.

Joan tenía trece años cuando comenzó a cortarse. Ahora que tiene dieciséis y ha reducido en gran medida esta rutina en los últimos meses, dijo: “Pero aún lo hago, como una vez a la semana más o menos”.

La percepción errónea más común respecto a las autolesiones consiste en que se trata de un intento de suicidio: un padre encuentra a un hijo adolescente cortándose y la visión de la sangre lo ciega. “Mucha gente piensa eso, pero en realidad te cortas por diversos motivos”, comentó Blue, de dieciséis años, otra estudiante de preparatoria en la zona de Nueva York, quien pidió que se omitiera su apellido. “Es como si esa fuera la única manera de lidiar con inseguridades intensas o con el enojo hacia tu persona. O tal vez estás tan anestesiado a causa de la depresión que ya no sientes nada… y los cortes son algo que puedes sentir”.

Determinar si este método de autoconsuelo es una epidemia de la era de las redes sociales sigue siendo motivo de debate científico. Antes de mediados de la década de 1980 no se realizó ninguna encuesta que incluyera preguntas acerca de las autolesiones.

En la década de 1990, la idea de las autolesiones y la tristeza mental subyacente comenzó a presentarse en la cultura popular. La princesa Diana habló al respecto en una entrevista; también lo hicieron los actores Johnny Depp y Angelina Jolie. Un video famoso de 2010 de la cantante Pink incluyó escenas gráficas de una mujer haciéndose cortes. Para entonces, decenas de foros en línea ofrecían comunidad, apoyo y comprensión a quienes se autolesionaban, pero, según algunos expertos, con frecuencia también reforzaban la conducta, como si fuese una insignia por formar parte de un club especial.

Entre los estudiantes universitarios estadounidenses de la actualidad, un grupo privilegiado por definición, aproximadamente uno de cada cinco reporta haberse autolesionado a propósito para aliviar dolor emocional por lo menos en una ocasión, de acuerdo con encuestas realizadas en diez universidades por Janis Whitlock, directora del Programa de Investigación de Cornell para las Autolesiones y la Recuperación. Dijo que el primer episodio ocurre aproximadamente a los quince años, en promedio, pero una cantidad numerosa de personas que se autolesionan han comenzado más tarde, a los diecisiete o dieciocho años.

Pocas personas que se autolesionan una vez se detienen en ese momento, comentó Whitlock, una de las autoras de “Healing Self-Injury: A Guide for Parents”. “Aproximadamente tres de cada cuatro continúan y la frecuencia suele aumentar y disminuir a medida que la gente entra y sale de varias etapas. Para los padres es absolutamente enloquecedor porque es difícil saber qué está sucediendo”.

Este patrón se convierte, para casi el 20 por ciento de las personas que se involucran en él, en una adicción en toda regla, tan poderosa como el opio. “Había algo en eso que me mantenía en tierra, y siempre estaba disponible para mí”, afirmó Nancy Dupil, de 32 años, quien se cortó a sí misma durante más de una década antes de reducir el hábito con terapia; ahora trabaja como especialista de apoyo para adolescentes en el centro de Massachusetts. “Llegué al punto de cortarme bastante y, cuando terminaba, no podía recordar lo que había sucedido, como qué había desencadenado el episodio en primer lugar”.

En la psiquiatría, la autolesión se considera un síntoma, no un trastorno independiente. En consecuencia, las personas que se autolesionan con regularidad con frecuencia reciben un diagnóstico subyacente, como depresión, trastorno por déficit de atención (TDAH), estrés postraumático, trastorno límite de la personalidad, bipolaridad o alguna combinación que puede cambiar de un doctor a otro.

“A mí me diagnosticaron bipolaridad, trastorno límite de la personalidad y depresión”, dijo Dupill. No pensaba que esas etiquetas le correspondieran muy bien, y “algunos de los medicamentos que me administraron me ocasionaron ataques de pánico y de autolesiones muy severos”. Considera que los ataques de ansiedad y de angustia que sentía, y que en ocasiones sigue sintiendo, son una reacción postraumática a una infancia caótica.

De acuerdo con los expertos, si un diagnóstico se ajusta, se debe integrar el tratamiento. En un ensayo publicado este verano, un equipo dirigido por Theodore Beauchaine, de la Universidad Estatal de Ohio, sostuvo que las jóvenes preadolescentes con un historial de trauma familiar y trastorno por déficit de la atención están en un riesgo elevado de autolesionarse más adelante, y que tratar el TDAH además del estrés traumático sería una poderosa estrategia de prevención y podría ayudar a reducir el riesgo de suicidio.

El tratamiento que parece ser el más efectivo para romper con el hábito de la autolesión es una terapia conversacional especializada, ideada originalmente para tratar personas con un diagnóstico de trastorno límite de personalidad, quienes tienen una predisposición al suicidio alta.

Mediante sesiones terapéuticas privadas y grupales, al menos una vez a la semana durante dos meses o más, las personas que se autolesionan aprenden habilidades para manejar la presión y soportar los momentos más intensos de la tristeza. La terapia se llama terapia dialéctica conductual o DBT, por su sigla en inglés.

En un estudio realizado en 800 adolescentes internados en el Hospital Zucker Hillside, en Glen Oaks, Nueva York, un equipo de médicos descubrió que quienes recibieron terapia DBT tuvieron muchos menos incidentes de autolesión, pasaron menos tiempo bajo supervisión por sospecha de suicidio y redujeron su tiempo de estancia en el hospital, en comparación con los adolescentes que habían sido tratados antes de que la DBT fuera norma.

“Hay una esperanza real”, comentó Dupill, “si permites que la persona que está experimentando esto tenga cierto control, si la escuchas, si demuestras interés en su conducta y no temor ante ella”.

c.2019 The New York Times Company

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