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Las redes sociales muestran su poder tras las manifestaciones política-electoral

Por Natalí Faxas

Desde el pasado domingo 17 de febrero del 2020, República Dominicana ha estado escribiendo un nuevo capítulo en su historia. Ese día, 7.4 millones de dominicanos estaban llamados a votar en las elecciones municipales, donde serían elegidos 3,849 autoridades distribuidas en 158 municipios que tiene el país. 

Por primera vez el voto automático se utilizaba en al menos 18 demarcaciones que concentran el 62% del electorado, pero a las 11:11 de la mañana, apenas cuatro horas después de que iniciara la jornada, el presidente de la Junta Central Electoral anunció la suspensión del proceso, debido a los fallos en las boletas electorales que nunca cargaron completas. 

Esta decisión terminaría siendo la razón para que todo el país tomara las calles. 

Las protestas tuvieron como escenario inicial la Plaza de la Bandera, frente a la Junta Central Electoral y en un lapso de 11 días, las manifestaciones se extendieron por otras ciudades y contagió a la comunidad dominicana que vive en el exterior. Estados Unidos, España, Canadá, Alemania, Suiza, Francia, Holanda y México son algunos de los países donde los dominicanos se han reunido con banderas y pancartas en mano, para expresar su descontento de lo que se vivió en el país el 16 de febrero. 

Pero ¿Cómo en tan poco tiempo pudo crecer tanto impacto? ¿Quiénes están detrás de este movimiento? Estas y otras preguntas respondieron los manifestantes que estuvieron desde el principio. 

Los primeros llamados a manifestación se hicieron a través de grupos de WhatsApp y las redes sociales. “Saltó una y dijo ‘vamos a vernos en la Plaza de la Bandera, vamos protestas’ y cogimos para allá. Fue un grupo a través de Twitter, que comenzaron a hablar y dijeron ‘vamos a quejarnos, porque algo tienen que decirnos’”, recuerda Yohanan Núñez, quien fue uno de los que llegó ese primer día. 

“Habíamos literalmente tres gatos, no creo que llegáramos a 50 en ese momento”, apunta Ico Abreu, activista y miembro de la organización político-social “Bien Común”, que también se organizó para acudir la noche del domingo a la plaza. 

El único partido político que participó en las elecciones y que también hizo un llamado para acudir a protestar la misma noche del domingo de elecciones fue Alianza País, que logró reunir a un puñado de sus dirigentes.

Al día siguiente, el lunes 17 de febrero, una nueva jornada de movilizaciones pacíficas, y todavía tímida se hacía camino. La consigna inicial era la renuncia de los miembros de la Junta, investigación, transparencia y respeto a la democracia. Pero no fue hasta el tercer día cuando se selló el éxito de estas manifestaciones. 

En un lapso de 30 minutos, tres bombas lacrimógenas fueron lanzadas a unos cientos de jóvenes que pacíficamente reclamaban respuestas a la Junta Central Electoral. Fue esta agresión lo que motivó a que al día siguiente, miércoles 19 de febrero, la Plaza de la Bandera se llenara de gente vestida de negro. “Eso fue como echarle gasolina al fuego ¿La protesta hubiera tenido la misma trascendencia sin las bombas? Uno supone que posiblemente hubiera sido menor, pero socialmente eso se interpretó como un abuso contra muchachitos”, apunta el sociólogo Joel Arboleda. 

Fue a partir de las bombas cuando otras ciudades del país y en el exterior se contagiaron para reclamar a la JCE lo que hasta ahora mantienen: explicaciones sobre lo que pasó el 16 de febrero, consecuencias  y transparencia para las próximas contiendas.

Contrario a las manifestaciones violentas que han ocurrido en otros países como Chile, Colombia, Venezuela, Bolivia, Nicaragua o Haití, en República Dominicana las manifestaciones han sido totalmente pacíficas, tanto que han dado cátedra de comportamiento: “Han respondido con todo el orden posible, recoger la basura, agua y comida gratis, hay un espacio de primeros auxilios y psicólogos, hay espacios con micrófonos abiertos donde tienes un minuto para expresarte”, cuenta el cineasta José María Cabral, quien desde un inicio ha estado apoyando este movimiento de negro. 

Detrás de tanta colaboración siempre nacen los cuestionamientos sobre quiénes estarían patrocinando el éxito de lo que en la práctica son protestas antigobiernos. Y estas dudas las despejan los mismos manifestantes cuando explican la espontaneidad con la que surgió este movimiento. 

“Esto fue un grupito de personas que se comenzaron a motivar y a motivar a otros”, dijo la manifestante Laury Rosado. “A mi hay gente que me llama y me dice quiero donar 6,000 botellas de agua”, cuenta Ico Abreu. “Sé de personas que hacen cáterin y dicen “hoy voy a hacer 100 comidas”, agrega José María Cabral. Y Yohanan Núñez asegura, que no hay responsables económicos: “No tenemos una cuenta a nombre de la protesta, no, eso es que todo el que quiere donar algo, lo manda”. 

Entre estos manifestantes, hay jóvenes ligados a partidos de oposición,  profesionales no militantes, activistas sociales, estudiantes universitarios, empleados. “Es la ciudadanía empoderada de su propia causa y nosotros aquí simplemente jugamos un papel de acompañarles, pero ese protagonismo tiene que seguir teniéndolo la ciudadanía”, asegura el presidente de Alianza País, Guillermo Moreno, quien fue el primero de los partidos que llamó a protestas. 

Otro gesto de pacifismo han sido los cacerolazos que se mantienen desde la noche del viernes 21 de febrero. Hace 36 años, en “la poblada” de abril del 1984 que se usaron cacerolazos, durante la crisis desatada en el gobierno de Salvador Jorge Blanco. Esta modalidad, atípica aquí, ha sido más asidua en países como Colombia, Chile y Argentina. “Empezó a mencionándose el ejemplo chileno, de que se hacían esos cacerolazos y como una opción de que se podían convocar aquí. Se empezó a mencionar en grupos de WhatsApp, se retomó en redes y tuvo impacto muy grande”, apunta Camila Minerva Rodríguez, otra de las manifestantes. 

“Estos grupos de jóvenes que inician el movimiento se empieza articular a través de las redes sociales y al final están reflejado una demanda social, que es más grande que ellos mismos”, agrega el sociólogo Arboleda. 

Desde la sociología, el respaldo que ha tenido estas manifestaciones se explica como un cúmulo de insatisfacciones a la que el Estado no ha podido darles salida. El punto de quiebre ha sido el haber quitado a cada ciudadano el derecho individual de votar, que es la manifestación por excelencia de la democracia.

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