Aterrada por la pandemia, la gente recurre a cualquier tipo de liderazgo - N Digital

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Aterrada por la pandemia, la gente recurre a cualquier tipo de liderazgo

Max Fisher

Conforme los líderes del mundo lidian con la crisis y analizan cómo pueden reabrir sus países de manera segura, muchos también están enfrentando un problema político: cómo mantener el apoyo mientras se encargan de economías que se estancan y enfrentan restricciones asfixiantes y sorprendentes tasas de mortalidad.

Como no pueden prometer la seguridad física o económica, muchos están ofreciendo la imagen reconfortante de un líder fuerte que no titubea.

El presidente chino Xi Jinping está usando sus apariciones públicas y a los medios estatales para proyectar un mensaje de triunfo nacional por encima de la adversidad, con él en la vanguardia. El presidente francés Emmanuel Macron ha movilizado a los ciudadanos para que se unan a una “guerra” colectiva en contra del virus.

El presidente Donald Trump, como muchos líderes, con frecuencia aparece al lado de funcionarios de salud. Los llamados a favor de la unidad nacional prácticamente son universales.

Se den cuenta o no, ese tipo de líderes tienen una fuerza poderosa de su lado: la psicología humana.

Aunque las encuestas sugieren que las personas siguen muy preocupadas por el virus y sus víctimas, el apoyo hacia los líderes está aumentando casi universalmente.

En el Reino Unido y Alemania, la gente ha recompensado a sus líderes con aumentos drásticos y casi idénticos en el respaldo político, aunque Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, implementó una respuesta tan caótica que incluso contrajo la enfermedad, mientras que la canciller alemana Angela Merkel se movilizó con tanta rapidez que su país, con casi dieciséis millones de habitantes más que el Reino Unido, tuvo un quinto del número de muertes de ese país.

Es fácil desestimar la popularidad de los líderes que han presenciado terribles brotes por ser el resultado de un efecto instintivo provocado por una crisis, o por ser fruto de la propaganda.

Sin embargo, los seres humanos son criaturas complicadas. Y un conjunto de investigaciones sugiere que, en una crisis, tener fe en un líder fuerte puede atender necesidades psicológicas cuya importancia incluso puede superar nuestro deseo de seguridad física.

No todos los líderes se benefician de ese efecto, y entre los que sí pueden hacerlo, no dura para siempre. Sin embargo, mientras el peligro mortal aceche la vida de la gente, el atractivo de creer en los líderes y buscar consuelo en la idea de la unidad nacional será difícil de resistir.

Por qué recurrimos a los líderes durante una crisis

La tendencia de apoyar a los líderes en momentos de crisis fue documentada por primera vez en la década de 1970 por John Mueller, un politólogo que reveló que las crisis de la Guerra Fría provocaron estallidos de apoyo a los presidentes estadounidenses.

Sin embargo, las investigaciones psicológicas subsecuentes hallaron una explicación más compleja que no solo apunta al fervor nacionalista.

Los seres humanos evolucionaron en un mundo naturalmente hostil donde la supervivencia requería altos niveles de cooperación. En grandes grupos, la coordinación en torno a tareas complejas es más fácil con un líder.

Como resultado, algunos expertos sospechan que ciertos tipos de peligro pueden detonar una ansiedad profunda que disminuye cuando alguien se une a un grupo en el que manda un líder fuerte.

No obstante, esa ansiedad es tan poderosa que puede ser tan amenazante como el peligro externo que la detonó. Y no puede simplemente apagarse o acabarse mediante la razón. Cuando una amenaza parece dirigirse a un grupo como un todo, puede sobrecargar el instinto de un miembro de considerarse parte de un grupo fuerte unido bajo la autoridad de un líder capaz.

“La gente está motivada para ver el mundo como un lugar seguro o predecible”, señaló un estudio, y agregó que “una amenaza notable —como los ataques del 11 de septiembre— debe provocar que la gente se apegue al presidente estadounidense y a otras instituciones culturales que ofrecen una idea real o simbólica de seguridad y protección”.

Conforme avanzaba la crisis del coronavirus, algunos líderes se quedaron en el fondo y permitieron que otros funcionarios fueran el rostro público de la respuesta. Ahora, muchos se están consolidando y descubriendo que sus audiencias no solo están dispuestas a ignorar los fracasos, a veces profundos, sino también a recibirlos casi como héroes.

Después de quedarse callado durante los primeros días del brote, Xi ahora se está presentando como el intrépido defensor de China. La élite del partido del país, y al parecer gran parte de los ciudadanos, se muestra entusiasta e incluso agradecida. Los reveses de Xi en cuanto al virus, la economía, Estados Unidos y en Hong Kong parecen haber sido olvidados.

En Italia, el primer ministro Giuseppe Conte fue considerado de manera generalizada como un funcionario deficiente incluso antes de enfrentar uno de los peores brotes en el mundo. Conforme decenas de miles de personas morían y la economía casi colapsaba, el índice de aprobación de Conte aumentó a un 71 por ciento.

El primer ministro japonés Shinzo Abe es casi el único que está perdiendo apoyo, un misterio dado el sólido desempeño de Japón en comparación con sus países vecinos. Un posible factor: en gran medida se ha quedado en el fondo de la movilización y ha permitido que funcionarios de salud encabecen la comunicación con los ciudadanos.

Una irracionalidad racional

Podría parecer una paradoja que los líderes de los países con las peores tasas de muertes en el mundo sean quienes obtienen los mayores beneficios políticos.

El coronavirus, un enemigo invisible que ha matado a más de 300.000 personas, ejerce presión en algunos de nuestros puntos de estrés psicológico más sensibles. Para los seres humanos, los sentimientos de seguridad, estabilidad y control son necesidades prácticamente tan importantes como los alimentos y el agua. Creer que el grupo se une y que el líder tiene el control puede satisfacer esas necesidades.

La creencia quizá parezca irracional ante una pandemia prácticamente incontrolable, pero los sociólogos dicen que la autopreservación psicológica sigue siendo autopreservación. Elegir creencias que nos mantienen cuerdos y estables durante una época aterradora es, en ese sentido, algo muy racional.

Los estudios señalan que los líderes pueden activar el apoyo en medio de una crisis a través de llamados a favor de la unidad y simplemente siendo visibles. Esas pistas hacen que la gente se sienta más consciente de su identidad de grupo, lo cual hace que confíen más en él.

Xi y Merkel tienen orígenes muy distintos, políticamente, cuando hacen un llamado a favor de que sus naciones se unan. Además, sus herramientas no podrían ser más distintas: Xi con galas nacionalistas y medios estatales que dan información falsa o engañosa; Merkel, con conferencias de prensa sobrias al lado de sus asesores.

No obstante, el efecto psicológico es similar.

Por las mismas razones, en tiempos de gran peligro, los ciudadanos a menudo buscan chivos expiatorios para los fracasos de sus líderes.

Cuando los ciudadanos chinos culpan a los extranjeros por el coronavirus y la inestabilidad en Hong Kong, podría parecer que se trata exclusivamente del fruto de la propaganda. Y cuando los estadounidenses culpan a China o a conspiraciones dudosas, podría parecer que se trata del lavado cerebral por parte de las redes sociales en la periferia.

Aunque la propaganda y las conspiraciones en las redes sociales quizá contribuyan a esas creencias, se arraigan porque nos dan la seguridad de que nuestro grupo social puede mantenernos a salvo en medio de un peligro que de otra manera sería psicológicamente insoportable.

Pocos factores aumentan nuestro sentido de unidad dentro de un grupo como la furia colectiva en contra de un grupo extranjero.

En un conjunto de experimentos a mediados de la década de 2000, algunos investigadores descubrieron que ver videos de los ataques del 11 de septiembre aumentaba de manera importante la afinidad de los estudiantes universitarios con el presidente y los símbolos patrióticos como la bandera. El aumento más importante se observó entre los que experimentaron enojo, no ansiedad.

Este hallazgo sugiere que la indignación respecto de un enemigo en común puede ser aún más poderosa que el miedo al movilizar a la gente en torno a su líder.

Cuando termina la movilización

Hay grandes excepciones de esta regla. Los líderes de dos de los países más polarizados políticamente en el mundo, Estados Unidos y Brasil, han visto un aumento mínimo o nulo en su popularidad.

Un estudio de 2002 por Matthew Baum de la Universidad de Harvard reveló que, en las crisis, es menos probable que la gente que tiene fuertes identidades partidistas se movilice y apoye al presidente, sin importar el partido.

Los partidarios suelen ver más noticias y por eso quizá ya tengan opiniones firmes. Aparte, conforme aumenta el partidismo, el partido puede desplazar a la nación como la identidad grupal primaria de alguien.

Además, en medio de la polarización severa, el control por parte del bando opuesto detona sentimientos de peligro que podrían ser tan severos como cualquiera provocado por la pandemia.

No obstante, la necesidad de encontrar a un líder aún existe. En Estados Unidos, el gobernante que manejó el brote más mortífero, Andrew Cuomo de Nueva York, vio cómo aumentaron sus números de aprobación. Lo mismo sucedió con algunos gobernadores en Brasil.

Pero ese apoyo no dura para siempre.

“La mayoría de los efectos de movilización son breves, y, sin sucesos adicionales, la aprobación presidencial generalmente regresa a los niveles que tenía antes del suceso”, escribió Matthew Dickinson, politólogo de Middlebury College, acerca de la modesta disminución de la aprobación de Trump.

El aumento en el apoyo a George W. Bush tras los ataques del 11 de septiembre se disipó a lo largo de dieciséis meses. La mayoría han sido más breves.

Si la crisis del coronavirus supera cualquier efecto de movilización, entonces la atención de los ciudadanos que actualmente beneficia a líderes como Trump y Xi podría terminar por afectarlos.

Sin embargo, como la trayectoria del virus aún es incierta y cualquier estimación política está a meses de ocurrir, escribió Dickinson, “es demasiado pronto para hacer predicciones útiles”.

El presidente Donald Trump, flanqueado por Debbie Birx, a la izquierda, y Anthony Fauci, ambos con cubrebocas, habla de los proyectos de vacunas para el coronavirus en la Casa Blanca en Washington el 15 de mayo de 2020. (Samuel Corum/The New York Times)

c.2020 The New York Times Company

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