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Decir la verdad no era una opción

COMO INMIGRANTE SIN DOCUMENTOS EN BUSCA DEL AMOR, TUVE QUE MENTIRLE A CASI A TODOS LOS HOMBRES CON LOS QUE SALÍ

Antes de siquiera tener la edad suficiente para salir con un novio, me habían entrenado para mentirle.

Mi secreto, decía mi madre, podría usarse en mi contra: “Jamás puedes decirle a alguien que eres indocumentada”.

La primera vez que mentí estaba en el decimoprimer grado, en una fiesta con Chris, el chico que me gustaba. Cuando la policía llegó en respuesta a una queja por ruido, salí corriendo al patio y salté la cerca. Él dijo que exageré, sin saber que podían deportarme si me atrapaban.

Mis padres, que habían vivido y trabajado en Estados Unidos desde hacía varios años, me trajeron desde México para estar con ellos en Texas cuando tenía 11 años. Tres años más tarde, mi visa estadounidense expiró y me convertí en una de los once millones de habitantes sin documentos en este país.

De niña no entendía las implicaciones de mi estatus migratorio; solo sabía que era un arma que podía ser usada en mi contra. Mi temor de ser descubierta siempre estaba presente: en la escuela, donde era una excelente alumna; en la universidad, donde me gradué con honores, y en mi primer empleo en el sector de finanzas en la ciudad de Nueva York, como empleada de Goldman Sachs.

¿Cuándo comenzarían a revelarse mis mentiras? Todas las llamadas o los correos electrónicos que recibía de recursos humanos me daban escalofríos. Pero eso nunca ocurrió.

Después de Chris, le mentí a todos los hombres con los que salí.

Más de una década después, y recientemente soltera, descargué Bumble y comencé a hablar con un hípster barbudo. Después de contarle sobre mi pasado, jamás volví a saber de él.

Después comencé a hablar con un guapo mexicano de piel bronceada y sonrisa coqueta. En nuestra primera cita, me dijo que solía construir cuadriláteros para sus luchadores de juguete cuando era niño y que ahora trabajaba en un despacho de arquitectos.

Mi madre lo aprobaría, ¿pero aún querría que mintiera?

Le dije que era escritora —eso era verdad— y él me contó sobre sus viajes a Europa. “Jamás viajé a ninguna parte cuando era joven”, le dije. “Y sabía que en cuanto pudiera permitírmelo, quería ver el mundo”.

Mi viaje favorito había sido uno que hice a México para ver a mi familia después de obtener mis documentos, pero no podía decirle eso, todavía no. En la universidad, por fin hice a un lado el consejo de mi madre de esconder mi estatus con el chico que entonces veía y me había llevado en auto a una hora de distancia para comer mis tacos favoritos.

En el trayecto de regreso al campus, inhalé profundamente y le dije: “No tengo documentos”. Con cada confesión que siguió, exhalé aliviada por haber revelado el secreto que me había estado asfixiando durante tanto tiempo.

Unos cuantos años después, tras habernos mudado de Texas a la ciudad de Nueva York, descubrí que me engañaba. Como había encontrado el número de la mujer, lo amenacé diciendo que la llamaría.

“Si la llamas, yo llamaré al ICE”, me dijo en referencia al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas.

Después de eso, me tomó años compartir mi estatus migratorio con alguien. La próxima ocasión fue cuando mi padre murió y no pude viajar a México para estar con él. En un momento de desesperación, le revelé mi estatus indocumentado al que entonces era mi novio. “Ya no puedo estar aquí”, le dije llorando. “Me mudaré de regreso a México”.

Las presiones de mi estatus migratorio nos dejaban dos alternativas: romper o casarnos. Elegimos casarnos sin decírselo a nadie para poder estar juntos en Estados Unidos. Sin embargo, después de decir “Acepto”, toda nuestra relación se trató de llenar papeleo, reunirnos con abogados y entrevistarnos con funcionarios de migración para demostrar nuestro amor. Jamás tuvimos luna de miel. Me volví ciudadana estadounidense, pero el proceso de todo un año extinguió nuestro romance y terminamos por divorciarnos.

Muchos después, estaba en una cita con Fernando, un hombre sabio y bondadoso, deseando que pudiera revelarle todo y hablar con honestidad. Pero estaba demasiado asustada para confiar en que hacerlo no arruinaría todo antes de que comenzara. Por eso de nuevo elegí la mentira de la omisión.

Ya eran las dos de la mañana y el restaurante estaba cerrando, siete horas después de nuestra llegada. “Me la pasé increíble”, dije.

“¿Cuándo puedo verte de nuevo?”, preguntó.

Algunas semanas y muchas citas después, me dirigí a Antigua para asistir a la boda de mi mejor amiga, con una escala en Nueva York. En cuanto llegué al aeropuerto JFK, me di cuenta de que no tenía mi pasaporte estadounidense, el cual necesitaría para volar la mañana siguiente.

Entré en pánico. La única manera en que lograría llegar a la boda era si alguien llevaba mi pasaporte al aeropuerto de Los Ángeles y lo colocaba en el último vuelo de noche a JFK, un servicio que ni siquiera sabía que existía.

La oficina de Fernando estaba a tan solo unos kilómetros de mi apartamento, pero vacilé. Mi pasaporte estadounidense estaba en el mismo cajón que el mexicano, el cual no había actualizado desde mi divorcio. Los pasaportes mexicanos para las mujeres casadas exigen que registren el apellido de su esposo. No le había contado a Fernando sobre mi primer matrimonio. Ahora podría ver mi nombre unido al de mi exesposo.

¿Y si Fernando veía eso y pensaba que aún estaba casada? ¿Me dejaría explicar la situación?

Pensé en todas las bodas de amigos que me perdí porque no podía viajar fuera del país y lo mucho que me arrepentía de no estar con las personas que amaba. No podía hacerlo de nuevo. Si Fernando iba a amarme en algún momento, tendría que entender o al menos aceptar mi necesidad de ocultar los puntos más difíciles de mi vida.

“Muy bien”, me dijo. “Me encargo. Dime qué hacer”.

Le di la combinación de la caja fuerte que usaba la persona que cuidaba a mi gato para que tomara las llaves y le expliqué dónde encontrar mi pasaporte. La mañana siguiente, lo recogí en el mostrador de la aerolínea y abordé mi vuelo. Conforme aterrizábamos, decidí que le diría todo a Fernando cuando regresara. Estaba cansada de la evasión y las mentiras. Soy ciudadana estadounidense, y si no podía liberarme por fin de mi pasado, entonces todo esos años de ansiedad no servirían de nada.

Quizá Fernando escaparía, como muchos otros lo habían hecho, cuando supiera la verdad: que pasé más de diez años sin documentos; que había usado documentos falsos para trabajar en Goldman Sachs; que estaba divorciada a mis 33 años. ¿Sería demasiado? ¿Confiaría en mí alguna vez? El romance quizá prospere con el misterio, pero el amor no puede basarse en mentiras.

“Siempre me preguntaré qué hay detrás de la puerta número dos”, había dicho un hombre mientras rompía conmigo. Se sentía estafado, como si lo hubiera engatusado para que se enamorara.

Cuando regresé a casa —y qué gloriosa palabra es esa, casa— quedé de verme con Fernando en un bar tranquilo que está en la misma calle de mi apartamento. Nos sentamos en un sillón de terciopelo rojo. Él puso su mano sobre mi regazo mientras le contaba sobre la boda y le agradecía por llevar mi pasaporte. Después hice una pausa y me mordí el labio.

“¿Todo está bien?”, me preguntó.

“Debo decirte algo”, le dije. “Responderé tus preguntas, pero déjame terminar”.

Él se acomodó. “¿Bien?”, dijo, pero jamás me soltó las manos.

Conforme le decía la verdad y le contaba sobre mi pasado, jamás retiró la mirada, levantó las cejas ni dio señal alguna de juzgarme.

“¿Eso es todo?”, me preguntó. “Pensé que me dirías que mataste a alguien”. Acercó mi mano a su rostro y la besó. “La vida es complicada”.

No me preguntó dónde compré mis documentos falsos, por qué mis padres no arreglaron mi estatus migratorio ni por qué no había regresado a México si las cosas eran tan difíciles aquí. En cambio, al final de la noche, mi futuro esposo me hizo la misma pregunta que había hecho tras nuestra primera cita: “¿Cuándo puedo verte de nuevo?”.

Había pasado muchos años manteniendo a la gente a cierta distancia, creyendo que era necesario aislarme. Cargaba mucha culpa por todas las mentiras que dije para quedarme en este país, para aferrarme a las migajas de amor que me daban. Aceptaba migajas en vez de buscar a una persona completa, alguien que entendiera que el amor, para los que debemos ocultar la verdad para sobrevivir, a veces nos lleva a hacer cosas al parecer indefendibles.

Durante toda mi vida creía que encontrar el amor dependía solo de mí. Si tan solo pudiera averiguar la fórmula perfecta de qué omitir, qué decir, cómo y cuándo, el amor sería mío. Pero lo que en verdad necesitaba era a alguien que no me juzgara ni me culpara ni cuestionara las decisiones difíciles que había hecho para hacerme de una vida en Estados Unidos. Ahora que he encontrado un hogar en el corazón de Fernando, me rehúso a ocultarme o disculparme por nada.

Como inmigrante sin documentos en busca del amor, tuve que mentirle a casi todos los hombres con los que salí. (Brian Rea/The New York Times)

c.2020 The New York Times Company

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